Estudio en escarlata de Sir Arthur Conan Doyle
Según Lupi

Recuerden el nombre de Sir Arthur Conan Doyle. Este es el nombre del hombre que muy probablemente haga una mueca de disgusto, extrañeza y repulsión al ver que su bienamado personaje Sherlock Holmes ha sido interpretado en el cine como una suerte de máquina asesina encantadora con la cara de Robert Downey Jr. encima.
Ahora, cuando piensen en Sherlock Holmes, la mayoría de personas tendrá en la mente la cara de Iron Man. Lo cual es un poco triste, no por Robert Downey Jr. (que está simpático), sino porque todos los que hemos leído las novelas o relatos de Sherlock Holmes sabemos que así precisamente no se comporta Holmes.
Sherlock Holmes es un ermitaño que evita salir a la calle si no es absolutamente necesario, con un ego tan grande como su genio, se considera a sí mismo el primer detective asesor del mundo, a quien como último recurso acuden los detectives que no logran descifrar un crimen.
Con conocimiento en boxeo y artes marciales, entre otros, autor de numerosos estudios como las maneras de reconocer las cenizas de cigarro y tabaco (Holmes puede reconocer 140 tipos de cenizas), Sherlock Holmes ignora que los planetas giran alrededor del sol y además es un virtuoso tocando el violín.
Para Sherlock Holmes la realidad es tan mundana y trivial que su mente necesita más estímulos para poder ejercitarse cuando no está resolviendo un caso, justificación que le da a su compañero de apartamento, el ex médico de guerra John Watson, cuando éste finalmente junta el valor necesario para preguntarle a Holmes por qué se inyecta cocaína a diario.
A partir de una gota de agua -decía el autor-, cabría al lógico establecer la posible existencia de un océano Atlántico o unas cataratas del Niágara, aunque ni de lo uno ni de lo otro hubiese tenido jamás la más mínima noticia. La vida toda es una gran cadena cuya naturaleza se manifiesta a la sola vista de un eslabón aislado. (…) Por ejemplo, cómo apenas divisada una persona cualquiera, resulta hacedero inferir su historia completa, así como su oficio o profesión. Parece un ejercicio pueril, y sin embargo afina la capacidad de observación, descubriendo los puntos más importantes y el modo como encontrarles respuesta. Las uñas de un individuo, las mangas de su chaqueta, sus botas, la rodillera de los pantalones, la callosidad de los dedos pulgar e índice, la expresión facial, los puños de su camisa, todos estos detalles, en fin, son prendas personales por donde claramente se revela la profesión del hombre observado.
Mi novela favorita es la primera, Estudio en escarlata. Narrada por Watson, este describe cuando conoció a Holmes, cómo es la convivencia con él en el 221B Baker Street, las técnicas del detective y su experiencia ayudándolo en el primer caso que resuelven juntos. Texto que luego muestra al propio Sherlock Holmes, cuya opinión de Estudio en escarlata es que es demasiado romántico y sentimental.
Desde hace tiempo tenía curiosidad de leer algo de Arthur Conan Doyle y su brillante personaje. Hace un año me acerqué al libro con cuidado, pensando que quizás sería pesado, famoso en su tiempo, pero quizás con un lenguaje complejo y un ritmo lento o aburrido. Conseguí un libro con las cuatro novelas en inglés, así que me arriesgaba también a no entender ni un carajo del inglés británico del siglo diecinueve, pero luego de las primeras páginas mis temores se convirtieron en interés y en un cariño especial para con el personaje de Sherlock Holmes. Me intrigó la relación de Watson con Holmes, su amistad, la interacción entre ese doctor cansado y sin mayores esperanzas, con aquel detective egocéntrico embebido en su mundo formado por casos criminales, la mayoría de los cuales era capaz de resolver con poquísimas pistas desde el sofá de su casa.
El lenguaje es fluido, y si saben inglés, las palabras que no se entienden, que no son muchas, se pueden sacar por contexto (en la librería Ibero de Larcomar vi los libros en inglés, uno de las cuatro novelas y otro con los relatos). Además, es refrescante poder jugar a dar con el culpable antes que Sherlock, tarea imposible por lo demás porque no somos genios, no somos londinenses del siglo pasado y porque tenemos muy presente la palabra ADN en nuestro vocabulario. Seguirle la pista a alguien sin tanta tecnología es lindo, los casos con personajes de la época interesantes y hasta ahora no he visto como culpable a algún orangután como en Asesinato en la calle Morgue de Edgar Allan Poe que, con su permiso, fue una total sacada de carta debajo de la manga y embuste para mi persona.
Los relatos de Conan Doyle, además, están impregnados del encanto de Holmes, el cual no solo reside en su genio, sino sobre todo en su muy particular filosofía. Entre pista y pista, asesino y asesino, Holmes nos arroja alguna perla sobre tu manera de pensar y enfrentar la vida.
No me llama la atención por ello que una de mis series favoritas sea Dr. House, personaje inspirado en Holmes. Comparten en mi opinión esta cualidad tan atractiva como escasa en las últimas décadas: un amor por la razón. Holmes fue publicado en la época del modernismo, cuando se creía en la razón por sobre todo, la mente era la clave para la solución de los problemas, la historia tenía un sentido, y aquel sentido era el que la mente (eurocéntrica y occidental) le otorgaba. Ahora, algunos dirán que no, pero culturalmente estamos en lo que se podría llamar posmodernismo, donde nadie tiene razón, todo es relativo, la historia no tiene una linealidad sino que es múltiple, diversa y caótica.
En estos tiempos del new age, multiculturalismo, fantasmas, auras, etcétera, mentalidades que se basan en la razón por sobre todo son atractivas y necesarias. ¿Por qué? Porque tienen la fuerza suficiente para decir yo estoy bien, tú estás mal, y es por esta razón (ya sean argumentos científicos, simples prioridades personales u opiniones subjetivas), y porque tienen la autoridad para decirte en tu cara “no, pequeño idiota, el 2012 no va a ser el fin del mundo, anda y haz algo productivo de tu vida”.
Ahora todo está tan sobre todo lo demás que nadie ya se atreve a pensar o decir esto. Ahora la palabra por excelencia es tolerancia, lo cual esconde a veces, una indiferencia frente a todo. Nada está definido porque nadie lo define. Por ello, en medio de este paisaje grisáceo y amorfo, hay algo seductor y tranquilizante en una filosofía como la de Sherlock Holmes, este detective para detectives, con esta manera de enfrentar la vida basada en la lógica, la inducción y la deducción.
Por algo, en ninguno de los libros, Sherlock Holmes jamás dice “Elemental, mi querido Watson”, y creo que jamás dijo eso porque nada en verdad es elemental. Toda respuesta es producto de un entrenamiento mental, de ardua observación.
Una de mis partes favoritas de Estudio en escarlata es cuando Watson se entera que Sherlock Holmes no sabe que los planetas giran alrededor del sol. Watson casi enloquece ante su ignorancia y Holmes le responde:
-Parece usted sorprendido -dijo sonriendo ante mi expresión de asombro-. Ahora que me ha puesto usted al corriente, haré lo posible por olvidarlo.
-¡Olvidarlo!
-Entiéndame -explicó-, considero que el cerebro de cada cual es como una pequeña pieza vacía que vamos amueblando con elementos de nuestra elección. Un necio echa mano de cuanto encuentra a su paso, de modo que el conocimiento que pudiera serle útil, o no encuentra cabida o, en el mejor de los casos, se halla tan revuelto con las demás cosas que resulta difícil dar con él. El operario hábil selecciona con sumo cuidado el contenido de ese vano disponible que es su cabeza. Sólo de herramientas útiles se compondrá su arsenal, pero éstas serán abundantes y estarán en perfecto estado. Constituye un grave error el suponer que las paredes de la pequeña habitación son elásticas o capaces de dilatarse indefinidamente. A partir de cierto punto, cada nuevo dato añadido desplaza necesariamente a otro que ya poseíamos. Resulta por tanto de inestimable importancia vigilar que los hechos inútiles no arrebaten espacio a los útiles.
-¡Sí, pero el sistema solar..! -protesté.
Como termina Estudio en escarlata, Sherlock Holmes y Watson parecen ir por el mundo con una sonrisa entre los dientes, con la seguridad y calma que destilan los que tienen razón y saben que tienen razón, así no tengan razón, mientras los otros son los que se llevan los aplausos.
El pueblo me abuchea, pero yo me aplaudo.
Yo mismo, en casa, al mismo tiempo también examino las riquezas de mis arcas.
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