Envueltos en libros!

leemos libros porque en casa nunca tuvimos televisor

Archive for Septiembre, 2007

Jueves
Sep 27,2007

Requiem: una alucinación de Antonio Tabucchi
según Lupi

“Hijo, me dijo la vieja, escucha, así no puedes continuar, tú no puedes vivir en dos lados, el lado de la realidad y el lado del sueño, eso provoca alucinaciones, eres como un sonámbulo que atraviesa un paisaje con los brazos extendidos y todo aquello que tocas pasa a formar parte de tu sueño.” (p. 28)

Llegué a Réquiem: una alucinación por una clase. El profesor, Abelardo Sánchez León, Balo para los menos, macheteador inmisericorde (pero justo) para los más, nos había dado la opción de escoger entre una lista de libros o crónicas para realizar nuestro examen final. Yo escogí Réquiem de Tabucchi o, para ser más exactos, el Réquiem que escribe Tabucchi en homenaje a Portugal, ese país que lo acogió tan cálidamente siendo él italiano, razón por la cual escribió este libro en portugués. (more…)

Brooklyn heights

Miércoles
Sep 19,2007

La noche del oráculo de Paul Auster.
según Miki

–Así que no sabes lo que nos pasó.

–No llegué a eso. Pero seguro que habríamos encontrado una salida. En los sueños no se muere la gente ¿sabes? Aunque la puerta siguiera cerrada, algo habría pasado para que saliéramos. Así es la cosa. Mientras estés soñando, siempre hay salvación. (p. 147)

Leí La noche del oráculo por primera vez hace dos años, a lo largo de una sola madrugada en la que literalmente devoré la novela. Puedo recordar muy pocos libros que han producido en mí este efecto. Apenas la terminé, cuando ya era de día y mis padres desayunaban en la cocina, dicen que me vieron salir de mi habitación con los ojos hinchados y con el alma en pánico como si acabara de ver un fantasma. La releí una vez más durante los siguientes días y desde entonces el libro ha ido danto vueltas entre mis amigos sin pasar más de una semana entera conmigo. Alguien demasiado pragmático diría que es porque me da pena reclamarlo. Yo creo que es porque en el fondo tengo miedo de que me vuelva a poseer.

En La noche del oráculo hay un escritor que, como tantas veces en la literatura, trata de hallarse a sí mismo mediante el proceso creativo. Él, luego de una enfermedad, se encuentra escribiendo apaciblemente en su apartamento neoyorquino sin saber que en lo próximos días un ligero espacio entre la realidad y la ficción lo arrastrará hacia el borde mismo de la locura, en el medio de un caos matemáticamente exacto. Mujeres, guías telefónicas, centros de rehabilitación para drogadictos, juegos textuales, cuadernos portugueses, pitonisas, notas al pie, Nueva York y sus calles de noche, que confluyen azarosamente en sus más de doscientas páginas. Los personajes de Paul Auster son personas normales y a la vez son gente al borde de algo, son esos vagabundos sin nombre que hemos visto tantas veces caminar por entre los protagonistas de alguna película, subir escaleras, conducir taxis o tomar café. La literatura de Auster está profundamente marcada por el peso de las palabras, tanto de las dichas como de las escritas, de las que vienen del alma y de las que son pura ficción. En La noche del oráculo existe un mundo en el que la realidad es tan solo una excusa para contar una historia (que se parece a muchas pero que es, esencialmente, una sola: la vieja tragedia griega de un hombre solo frente a un indescifrable destino).

Hace un tiempo me enteré que un amigo chileno está viviendo en Nueva York, específicamente en Queens, en donde es uno de tantos sudamericanos ilegales y trabaja como ayudante de cocina en un restaurante tailandés. Con sus veinte años a cuestas, parece estar ajeno de la discusiones políticas sobre el futuro de su situación y prefiere añorar un pronto retorno al sur de Chile. Por el teléfono escucho cómo se emociona al contarme de las tormentas que ya ha visto en Central Park o de las banquitas que hay en las orillas del Río Hudson y que sí, son idénticas a las películas. Acá, me dice, es como si todo fuera una gran película en blanco y negro. Su vida, por lo demás, no es tan asombrosa como llega a sonar. A mí, sin embargo, me gusta imaginármelo perdido entre las calles de Manhattan, como un personaje austeriano, tan lejos del resto, que un buen día decidió ponerse de pie, dejar su país y no volver más. Escarbar en la pregunta sobre si es posible escapar de tu propio destino.

Sidney Orr, el protagonista, se propone terminar su novela a modo de terapia. Aconsejado por otro escritor amigo suyo, retoma un pasaje de El Halcón Maltés en la que el personaje principal, tras salvarse de morir, abandona la ciudad, a su familia, y hasta su identidad, para construirse una nueva vida. Esta vez el personaje de la novela de Orr se muda a Kansas sin nada más que el manuscrito de una novela de los años veinte, curiosamente titulado La noche del oráculo. Pero hasta que Orr termine la novela van a pasar más cosas, cada vez más rápido, en las que terminarla no será tanto una terapia como sí la única forma posible de escapar. Porque en el medio habrá más tramas, más conflictos, mucho más caos. Con un ritmo fluido, escritura meta textual y esos escenarios tan suyos como restaurantes para personas solitarias o librerías olvidadas, Paul Auster nos presenta su radiografía de una sociedad violenta, que no va hacia ninguna parte y cuya única opción es abandonarlo todo.

Nunca he estado en Nueva York, y mi madre –quien sí ha estado– me dice que es un lugar para perderse. Yo pienso en las novelas de Paul Auster, en la última escena de Manhattan en la que el personaje de Woody Allen no logra encontrar un taxi y llega corriendo a encontrarse con Mariel Hemingway, en las casualidades, en toda la poética que puede tener una ciudad invadida por las luces y las sombras, por hombres y mujeres de todas partes del mundo llevando a cuestas su desarraigo. Entonces le creo.

Título original: Oracle Night
Autor: Paul Auster (New Jersey, 1947)
Año de publicación: 2003
País: Estados Unidos 257 páginas en la edición de Panorama de Narrativas Anagrama, 2006

Martes
Sep 18,2007

Putas Asesinas de Roberto Bolaño
según Lupi

(…) y la literatura era un vasto campo minado en donde todos eran mis enemigos, salvo algunos clásicos (y no todos), y yo cada día tenía que pasear por ese campo minado, apoyándome únicamente en los poemas de Arquíloco, y dar un paso en falso hubiera sido fatal. Esto les pasa a todos los escritores jóvenes. Hay un momento en que no tienes nada en que apoyarte, ni amigos, ni mucho menos maestros, ni hay nadie que te tienda la mano, las publicaciones, los premios, las becas, son para los otros, los que han dicho “sí, señor”, repetidas veces, o los que han alabado a los mandarines de la literatura, una horda inacabable cuya única virtud es su sentido policial de la vida, a esos nada se les escapa, nada perdonan. (p. 218)

Un amigo me dijo que a los libros les gusta que los maltraten. Que los ensucien. Que los arruguen. Que doblen sus páginas y escriban sobre ellos. Al oír esto, yo casi lo maltrato a él. Sé que los libros no son los libros. Que, en realidad, éstos no están en ningún lado y a su vez están en todos lados. Pero de ahí a maltratar el rectángulo de hojas en donde se materializan, hay un largo trecho, pensé.

Al terminar de leer Putas asesinas, sin embargo, me di cuenta para mi sorpresa que el libro parecía maltratado. Como cicatrices, como líneas de expresión, la carátula tiene las líneas de los dobleces que sufrió dentro de mi bolso verde. Las esquinas no definidas de tanto guardarlo y sacarlo para leerlo en mis viajes en el micro. Pero el libro no está maltratado. Tampoco fue usado, utilizado o manoseado. El libro me acompañó, como también los personajes en él. Solo que acompañarme en mi bolso trae algunos riesgos.

Cada vez que terminaba de leer uno de los cuentos y miraba por la ventana del microbús, pensaba que las personas que trae consigo Bolaño quizás también sufrieran algún tipo de riesgo. Sus amigos, su generación, la política, las creencias, el desencanto que tiñe los lugares en donde debería existir la estupefacción ante una realidad perdida y la nostalgia de lo que no fue. Los personajes de Bolaño corren el riesgo de ser plasmados tal y como son en el más grisáceo de los días. No en días soleados y optimistas, ni en días negros y apocalípticos, sino en un día cualquiera, ya que todos los días parecen ser grises para ellos. Así como el acontecimiento más alucinante pasa a ser trivial y el acontecimiento más trivial pasa a ser alucinante, todo parece tener sentido si se amolda a los cuadrados pequeños del calendario. Uno tras otro, siempre iguales e infinitos. Como las calles que siempre veo pasar por la ventana del microbús, pensé, o como las hojas del libro que me acompañó durante esos viajes.

Uno nunca termina de leer, aunque los libros se acaben, de la misma manera que uno nunca termina de vivir, aunque la muerte sea un hecho cierto. (p.194)

Mi libro ahora está en manos de una amiga, a quien se lo presté, y apuesto que ahora ella ve su carátula doblada y sus esquinas no bien definidas, y piensa que es ya inútil pretender forrarlo para protegerlo; y lo abre, y lo lee como se lee cualquier libro en el día más grisáceo y alucinante del calendario.

Título original: Putas asesinas
Autor: Roberto Bolaño (1953-2003)
Año de publicación: 2001
225 páginas en Anagrama Compactos 377, segunda edición, 2006

Domingo
Sep 16,2007

La casa de cartón de Martín Adán
según Miki

Tu corazón es una bocina prohibida por las ordenanzas de tráfico. (p. 51)

A primera vista puede sonar como una broma. Menos de cien páginas. Un título que evoca algún juego infantil. Un autor que no existe, o que en verdad ya no existe pero que cuando existió tampoco se llamaba así. El Barranco de las primeras décadas del siglo XX descrito a lo largo de un invierno doloroso (como este). El mar visto con impotencia desde los malecones. Densas exhalaciones de tabaco. Ese tufillo tan inconfundible del invierno limeño y la desolación que te produce en el alma su maldita, maldita niebla.

Nadie está seguro de qué es exactamente La casa de cartón (¿una novela, una prosa poética, un cuento vanguardista?). Yo sinceramente creo que, con diecinueve años a cuestas, con tanto dolor en el alma y con tanta vida aún delante, Martín Adán tampoco estuvo muy seguro de qué fue lo que en realidad escribió por aquel entonces. A mí me gusta verla como un compendio de últimas páginas de cuadernos escolares, llenos de preguntas, de obligaciones, de dibujos, de primeros amores y de sueños inconclusos. Como un cuaderno de viaje de un chiquillo –eso sí, lectorsísimo de Eguren, amante del mar y de las caminatas largas, nostálgico de las vacaciones y de las chicas coloradas– que va conjurando un hechizo de juventud tan dulce y tan corto como unas vacaciones invierno.

Recuerdo que La casa de cartón fue uno de los primeros libros que leí cuando empecé a vivir en Lima. Desde aquella primera lectura, sus imágenes de Lima tras la niebla invernal han ido superponiéndose a mi propio recuerdo de esos años. Ahora me es imposible recorrer la Costa Verde o el límite entre Barranco y Miraflores sin que mi mente empiece a fabricarme recuerdos. Veo, por ejemplo, a Ramón caminando apresurado por la calle San Martín, llevando un libro bajo el brazo, disfrutando palmo a palmo de esa hermosa sensación de pertenencia, imaginando que Chorrillos no aparecerá nunca en el horizonte por más rápido que se pueda andar. O me da por pensar que soy un hombre pequeño y sin ambiciones, medroso de la policía y atento al horario del tranvía, que confía su opinión a los diarios de derecha y llega con su pesado traje oficinista a contaminar de compromisos y calendarios la pureza visual de alguna playa de arena limpia llena de niños novilleros que van cavando su vida en ella. Otra veces, así también, me da por pensar que soy inmortal.

Se supone que cada suspiro que uno da es un poco de aliento vital que se nos escapa. Ese vapor, según mi abuela, se eleva pronto y empieza a formar las nubes que habitan nuestro cielo. Pero un día que puede ser cualquiera se convierten en gotas de lluvia que, en su mayoría, van a dar al mar. El mar, entonces, estaría compuesto de un pedazo de vida de cada uno de nosotros. Según esto, entiendo, Martín Adán no se equivocaba cuando leía en la furia del mar la misma materia del alma humana. Y puedo entender que el personaje central del libro no es otro que el mismo Mar. Un mar que no solamente está dando vueltas ahí abajo sino que forma parte de todos nosotros, aunque nuestra amnesia sentimental se esfuerce en separarnos de aquella verdad. Pero esto ya es más una conclusión mía, y no de mi abuela –quien seguramente leía su futuro en las estrellas y podría decir estas cosas mejor que yo. Pero ella nunca diría estas cosas.

Una vez una chica de la universidad me dijo que para ella La casa de cartón era como una canción. Cuando le pregunté de qué tipo de canción hablaba me dijo que no estaba segura, pero que tenía que ser alguna muy bonita, con guitarras acústicas, estribillos pegajosos y una letra pausada. Como una balada, le dije. No, respondió ella, más bien como una de esas lindas canciones de misa solo que sin esas letras tan bobas.

Título original: La casa de cartón
Autor: Martín Adán (1908 - 1985)
Año de publicación: 1928
País: Perú
88 páginas en Peisa, 2006