Y ahora silbas tú en el tranvía, muchacho de ojos cerrados
16 Sep
La casa de cartón de Martín Adán
según Miki

Tu corazón es una bocina prohibida por las ordenanzas de tráfico. (p. 51)
A primera vista puede sonar como una broma. Menos de cien páginas. Un título que evoca algún juego infantil. Un autor que no existe, o que en verdad ya no existe pero que cuando existió tampoco se llamaba así. El Barranco de las primeras décadas del siglo XX descrito a lo largo de un invierno doloroso (como este). El mar visto con impotencia desde los malecones. Densas exhalaciones de tabaco. Ese tufillo tan inconfundible del invierno limeño y la desolación que te produce en el alma su maldita, maldita niebla.
Nadie está seguro de qué es exactamente La casa de cartón (¿una novela, una prosa poética, un cuento vanguardista?). Yo sinceramente creo que, con diecinueve años a cuestas, con tanto dolor en el alma y con tanta vida aún delante, Martín Adán tampoco estuvo muy seguro de qué fue lo que en realidad escribió por aquel entonces. A mí me gusta verla como un compendio de últimas páginas de cuadernos escolares, llenos de preguntas, de obligaciones, de dibujos, de primeros amores y de sueños inconclusos. Como un cuaderno de viaje de un chiquillo –eso sí, lectorsísimo de Eguren, amante del mar y de las caminatas largas, nostálgico de las vacaciones y de las chicas coloradas– que va conjurando un hechizo de juventud tan dulce y tan corto como unas vacaciones invierno.
Recuerdo que La casa de cartón fue uno de los primeros libros que leí cuando empecé a vivir en Lima. Desde aquella primera lectura, sus imágenes de Lima tras la niebla invernal han ido superponiéndose a mi propio recuerdo de esos años. Ahora me es imposible recorrer la Costa Verde o el límite entre Barranco y Miraflores sin que mi mente empiece a fabricarme recuerdos. Veo, por ejemplo, a Ramón caminando apresurado por la calle San Martín, llevando un libro bajo el brazo, disfrutando palmo a palmo de esa hermosa sensación de pertenencia, imaginando que Chorrillos no aparecerá nunca en el horizonte por más rápido que se pueda andar. O me da por pensar que soy un hombre pequeño y sin ambiciones, medroso de la policía y atento al horario del tranvía, que confía su opinión a los diarios de derecha y llega con su pesado traje oficinista a contaminar de compromisos y calendarios la pureza visual de alguna playa de arena limpia llena de niños novilleros que van cavando su vida en ella. Otra veces, así también, me da por pensar que soy inmortal.
Se supone que cada suspiro que uno da es un poco de aliento vital que se nos escapa. Ese vapor, según mi abuela, se eleva pronto y empieza a formar las nubes que habitan nuestro cielo. Pero un día que puede ser cualquiera se convierten en gotas de lluvia que, en su mayoría, van a dar al mar. El mar, entonces, estaría compuesto de un pedazo de vida de cada uno de nosotros. Según esto, entiendo, Martín Adán no se equivocaba cuando leía en la furia del mar la misma materia del alma humana. Y puedo entender que el personaje central del libro no es otro que el mismo Mar. Un mar que no solamente está dando vueltas ahí abajo sino que forma parte de todos nosotros, aunque nuestra amnesia sentimental se esfuerce en separarnos de aquella verdad. Pero esto ya es más una conclusión mía, y no de mi abuela –quien seguramente leía su futuro en las estrellas y podría decir estas cosas mejor que yo. Pero ella nunca diría estas cosas.
Una vez una chica de la universidad me dijo que para ella La casa de cartón era como una canción. Cuando le pregunté de qué tipo de canción hablaba me dijo que no estaba segura, pero que tenía que ser alguna muy bonita, con guitarras acústicas, estribillos pegajosos y una letra pausada. Como una balada, le dije. No, respondió ella, más bien como una de esas lindas canciones de misa solo que sin esas letras tan bobas.
Título original: La casa de cartón
Autor: Martín Adán (1908 – 1985)
Año de publicación: 1928
País: Perú
88 páginas en Peisa, 2006

Cada suspiro que uno da es un poco de aliento vital que se nos escapa. Ese vapor, según ( “…….i”), se eleva pronto y empieza a formar las nubes que habitan nuestro cielo. Pero un día que puede ser cualquiera se convierten en gotas de lluvia que, en su mayoría, van a dar al mar. El mar, entonces, estaría compuesto de un pedazo de vida de cada uno de nosotros.
Un mar que no solamente está dando vueltas ahí abajo sino que forma parte de todos nosotros, aunque nuestra amnesia sentimental se esfuerce en separarnos de aquella verdad. !.
Me gusto mucho la historia contada por tu “abuela” !. jje sigue escribiendo así miki.
u_u La casa de Cartón, un libro para recordar… y aunque al comienzo parece dificil,con el pasar de las horas y de las páginas terminas por comprender alguna parte de tu vida que nunca dejas de preguntarte y sueñas con poder encontrar en alguna de sus lineas una respuesta tan exacta como las matemáticas, o simplemente te hace recordar aquella etapa de la vida a la cual siempre deseamos volver , aunque el tiempo sea cruel y nos recuerde que ya somos grandes!.
Tu abuelita seguro es amiga de Bertoldo n_n
hasta que alguien entendió la referencia, diablos!!