leemos libros porque en casa nunca tuvimos televisor
Desgracia de J. M. Coetzee
Según Lupi

Cuando por primera vez cogí el libro de J. M. Coetzee entre las manos, con la foto en blanco y negro de un perro huesudo dando la espalda y el título solitariamente grande que decía Desgracia, imaginé una novela terrible. Llena de caos, pobreza, muerte y, por lo mismo, me imaginé una novela pesada. Había leído que en el 2003 Coetzee ganó el Premio Nobel, así que seguí el hype de la academia sueca y me dije ‘algo bueno debe tener’. Es así como me puse a leer esta novela con aquel fatal título en pleno verano, con un soleado y feliz cielo azul sobre mi cabeza.

Una imagen poderosísima. Son casi las ocho de la noche. Un tipo vestido con un traje lleno de manchas de pintura está encerrado en una cabina telefónica en un barrio de México D.F. Se encuentra mirando hacia el edificio de enfrente, atento a lo que sucede detrás de la ventana del único departamento que tiene la luz encendida. Se queda en silencio por un momento y del otro lado de la línea la voz de una mujer le pregunta cómo está el clima. Las noches de Ámsterdam son hermosas, confiesa el hombre, luminosas. Mientras, afuera de la cabina y en todo el Distrito Federal llueve a raudales. A esa hora, quizás por la lluvia, quedan pocos automóviles circulando. El hombre tiene que cortar la comunicación. Mientras lo hace, piensa en cómo volverá a casa. Luego de colgar, permanece dentro y mientras acaricia el vidrio empañado de la cabina telefónica se pregunta dónde quedará su casa.