Cinco libros para celebrar
23 Abr
Hoy es el día mundial del libro, día en el que por una confusión en los calendarios murió Sir William Shakespeare, Miguel de Cervantes y un sujeto que aparece en los libros como Garcilaso de la Vega. Esta fecha, para nosotros, es como el aniversario de un romance que empezó hace ya mucho tiempo pero que todos los días se hace más fuerte. Por culpa de esa fascinación, a manera de un álbum de fotos de todos los libros que de una u otra forma han pasado por nuestras vidas, es que empezamos este blog. Y también por eso, es que hoy compartimos con ustedes cinco momentos memorables de este largo noviazgo.
1. Fernando Pessoa – El libro del desasosiego
Todo se compenetra. La lectura de los clásicos, que no hablan de ocasos, me ha hecho inteligibles muchos ocasos con todos sus colores. Hay una relación entre la competencia sintáctica, por la cual se distingue el valor de los seres, de los sonidos y de las formas, y la capacidad de comprender cuándo el azul cielo es realmente verde y qué porción de amarillo existe en el verde azul del cielo. (…)
Leer es soñar de la mano de otro. Leer mal y por encima es tanto como librarnos de la mano que nos guía. La superficialidad en la erudición es el mejor modo de leer bien y ser profundo
2. Adolfo Bioy-Casares – Ex poeta (de Guirnalda con Amores)
Un amigo me explica: “Hasta hace cosa de dos años el muchacho no hacía más que leer poesía y escribir poesías; era un haragán perfecto. De pronto, como a quien lo llama la vocación religiosa, se metió en los negocios y lo agarró el torbellino. Ahí lo tienen, un hombre cambiado: trabaja todo el día, gana plata que es un gusto. Lo malo es que el nerviosismo lo afecta y la cara se le llenó de granos. Ahora sueña con retirarse dos o tres meses a una chacra, a leer poesía, a bocetar algún soneto, a descansar, a curarse. Pero el torbellino lo tienen como loco y no puede”.
3. James Joyce – Lamentable accidente (de Dublineses)
Ella le preguntó que por qué no escribía sus pensamientos. ¿Para qué?, le replicó él con estudiado desdén. ¿Para competir con cultiniparlos incapaces de pensar en forma consecutiva más de sesenta segundos? ¿Para someterse a la crítica de una clase media obtusa que confiaba su moral a los policías y sus bellas artes a los empresarios?
4. Julio Cortázar – Las babas del diablo (de Las armas secretas)
Al filo de los catorce, quizá de los quince, se lo adivinaba vestido y alimentado por sus padres, pero sin un centavo en el bolsillo, teniendo que deliberar con los camaradas antes de decidirse por un café, un coñac, un atado de cigarrilos. Andaría por las calles pensando en las condiscípulas, en lo bueno que sería ir al cine y ver la última película, o comprar novelas o corbatas o botellas de licor con etiquetas verdes y blancas. En su casa (su casa sería respetable, sería almuerzo a las doce y paisajes románticos en las paredes, con un oscuro recibimiento y un paragüero de caoba al lado de la puerta) llovería despacio el tiempo de estudiar, de ser la esperanza de mamá, de parecerse a papá, de escribir a la tía de Avignon. Por eso tanta calle, todo el río para él (pero sin un centavo) y la ciudad misteriosa de los quince años, con sus signos en las puertas, sus gatos estremecedores, el cartucho de papas fritas a treinta francos, la revista pornográfica doblada en cuatro, la soledad como un vacío en los bolsillos, los encuentros felices, el fervor por tanta cosa incomprendida pero iluminada por un amor total, por la disponibilidad parecida al viento y a las calles.
5. Robero Bolaño – 2666
Para Ivánov un escritor de verdad, un artista y un creador de verdad, era básicamente una persona responsable y con cierto grado de madurez. Un escritor de verdad tenía que saber escuchar y saber actuar en el momento justo. Tenía que ser razonablemente oportunista y razonablemente culto. La cultura excesiva despierta recelos y rencores. El oportunismo excesivo despierta sospechas. Un escritor de verdad tenía que ser alguien razonablemente tranquilo, un hombre con sentido común. Ni hablar demasiado alto ni provocar polémicas. Tenía que ser razonablemente simpático y tenía que saber no granjearse enemigos gratuitos. Sobre todo, no alzar la voz, a menos que todos los demás la alzaran. Un escritor de verdad tenía que saber que detrás de él está la Asociación de Escritores, el Sindicato de Artistas, la Confederación de Trabajadores de la Literatura, la Casa del Poeta. ¿Qué es lo primero que hace uno cuando entra en una iglesia?, se preguntaba Efraim Ivánov. Se quita el sombrero. Admitamos que no se santigüe. De acuerdo, que no se santigüe. Somos modernos. ¡Pero lo menos que pueden hacer es descubrirse la cabeza! Los escritores adolescentes, por el contrario, entraban en una iglesia y no se quitaban el sombero ni aunque los molieran a palos, que era, lamentablemente, lo que al final pasaba. Y no sólo no se quitaban el sombrero: se reían, bostezaban, hacían mariconadas, se tiraban flatulencias. Algunos incluso aplaudían.

En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que
acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos, él se puso a pensar en la muerte. ¿Por qué? Eso, a Pereira, le resulta imposible decirlo.
Si uno pudiera probar solamente su nada, si uno pudiera reposar en su nada y que esa nada no fuera una cierta forma de ser, pero tampoco la muerte total.
Es tan duro dejar de existir, dejar de estar dentro de algo. El verdadero dolor es sentir cómo se desplaza nuestro pensamiento en uno mismo. Pero el pensamiento como un punto no es seguramente un sufrimiento.
Estoy en el instante en que no me aferro más a la vida, pero llevo conmigo todos los apetitos y las insistentes titilaciones del ser. No tengo más que una ocupación: volverme a hacer.
El pesanervios, Antonin Artaud.