La melodía secreta de Julio Cortázar
3 Nov
Las armas secretas de Julio Cortázar
según Miki
La verdad es que Julio Cortázar nunca conoció a Charlie Parker. Nunca caminaron juntos por París. Nunca compartieron un Nescafé o conversaron en la penumbra de una chambre de bonne de la rue Lagrange, como en El Perseguidor, uno de los cuentos de Las armas secretas.
Parker nos enseñó una nueva forma de escuchar y sentir el jazz a través del bebop. Julio Cortázar, sentado a la máquina de escribir con la música de Parker de fondo, nos dejó cuentos inolvidables en todos los registros y temas. Sus cuentos se leían en voz alta como una risotada anárquica en la cara pelada de la tradición literaria formal y acartonada. Cada uno, por su parte, se esforzó por despojarnos de formalismos y abrir una nueva puerta (para la literatura o la música), por señalar un ritmo diferente, sincopado y maravilloso como un solo de saxofón.
Aparecido en 1959, representa un punto de quiebre en la obra del escritor argentino. Por primera vez, Cortázar deja los cuentos cortos de Bestiario o Final del juego para ensayar relatos de mayor extensión. Asimismo, en los cinco cuentos que componen Las armas secretas resalta el tratamiento de las relaciones humanas en desmedro de la temática fantástica que hasta entonces había utilizado el autor. Esto, sin embargo, no significa que el libro no esté poblado de fantasmas. En mucho sentidos, hay quienes consideran que en este libro están las claves principales de Rayuela y del microcosmos de la ficción cortazariana más madura. A mí me encantó. Primero, por su técnica de narración. Luego, porque esos argentinos exiliados o esos parisinos que vocean, comen empanadas y tiran piedritas al Sena pensando que es al Río de la Plata me resultan profundamente tiernos, hasta un poco torpes para relacionarse con su entorno.
Al filo de los catorce, quizá de los quince, se le adivinaba vestido y alimentado por sus padres, pero sin un centavo en el bolsillo, teniendo que deliberar con los camaradas antes de decidirse por un café, un coñac, un atado de cigarrillos. Andaría por las calles pensando en las condiscípulas, en lo bueno que sería ir al cine y ver la última película, o comprar novelas o corbatas o botellas de licor con etiquetas verdes y blancas. En su casa (su casa sería respetable, sería almuerzo a las doce y paisajes románticos en las paredes, con un oscuro recibimiento y un paragüero de caoba al lado de la puerta) llovería despacio el tiempo de estudiar, de ser la esperanza de mamá, de parecerse a papá, de escribir a la tía de Avignon. Por eso tanta calle, todo el río para él (pero sin un centavo) y la ciudad misteriosa de los quince años, con sus signos en las puertas, sus gatos estremecedores, el cartucho de papas fritas a treinta francos, la revista pornográfica doblada en cuatro, la soledad como un vacío en los bolsillos, los encuentros felices, el fervor por tanta cosa incomprendida pero iluminada por un amor total, por la disponibilidad parecida al viento y a las calles.
El libros se abre con Cartas de mamá, un cuento en el que una pareja argentina que vive en París empieza a sentirse sobresaltada por la súbita aparición de un familiar muerto hace años en las cartas que les manda la madre de uno desde Buenos Aires. En Los buenos servicios, la encantadora madame Francinet nos narra en primera persona su vida como ama de llaves al tiempo que el hijo de la familia falleció. En Las babas del diablo, una clase maestra de narración en primera persona, asistimos a un concierto de voces y condicionales que relatan la historia de una muerte. En El perseguidor, en relato más largo del libro, conocemos de cerca la historia de un músico de jazz alcohólico y depresivo a la manera de un Orfeo decadente. El periodista Bruno, su biógrafo y reciente amigo personal, narra cómo, mientras todos luchan por traer a Jhonny a la vida, él si empecina en saltarse el tiempo y volar como un ave. Al final, Las armas secretas es un relato en el que lo imaginario y lo real juguetean y tejen un final abierto.
Cada vez que he vuelto a leer este libro, tres veces con la de hoy, he encontrado nuevos pasajes y nuevas claves para poder comprenderlo. A veces me parece que hay párrafos nuevos, nuevos personajes, finales distintos, como si fuese un libro que va cambiando siempre mientras espera junto a los demás. A la vez, el cuento sobre Charlie Parker me recuerda profundamente a un amigo al que ya no veo más –fanático del jazz– y me hace imaginarlo sentado en los pasillos de algún subterráneo, hambriento y feliz como nunca. con su guitarra O me regresa a las noches que pasábamos escuchando música y discutiendo sobre latinoamérica y sobre la música y nuevamente sobre latinoamérica y de lo que se sentía vivir lejos de casa, lejos de tu país y en la exacta mitad de la nada.
Que la música salve por lo menos el resto de la noche, y cumpla a fondo una de sus peores misiones, la de ponernos un biombo delante del espejo, borrarnos del mapa durante un par de horas.
Título original: Las armas secretas
Autor: Julio Cortazar
Año de publicación: 1959
192 páginas en la edición de Espasa, Bogotá, 2005.


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