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Sherlock Holmes jamás dijo “Elemental, mi querido Watson”

6 May

Estudio en escarlata de Sir Arthur Conan Doyle

Según Lupi

Recuerden el nombre de Sir Arthur Conan Doyle. Este es el nombre del hombre que muy probablemente haga una mueca de disgusto, extrañeza y repulsión al ver que su bienamado personaje Sherlock Holmes ha sido interpretado en el cine como una suerte de máquina asesina encantadora con la cara de Robert Downey Jr. encima.

Ahora, cuando piensen en Sherlock Holmes, la mayoría de personas tendrá en la mente la cara de Iron Man. Lo cual es un poco triste, no por Robert Downey Jr. (que está simpático), sino porque todos los que hemos leído las novelas o relatos de Sherlock Holmes sabemos que así precisamente no se comporta Holmes.

Sherlock Holmes es un ermitaño que evita salir a la calle si no es absolutamente necesario, con un ego tan grande como su genio, se considera a sí mismo el primer detective asesor del mundo, a quien como último recurso acuden los detectives que no logran descifrar un crimen.

Con conocimiento en boxeo y artes marciales, entre otros, autor de numerosos estudios como las maneras de reconocer las cenizas de cigarro y tabaco (Holmes puede reconocer 140 tipos de cenizas), Sherlock Holmes ignora que los planetas giran alrededor del sol y además es un virtuoso tocando el violín.

Para Sherlock Holmes la realidad es tan mundana y trivial que su mente necesita más estímulos para poder ejercitarse cuando no está resolviendo un caso, justificación que le da a su compañero de apartamento, el ex médico de guerra John Watson, cuando éste finalmente junta el valor necesario para preguntarle a Holmes por qué se inyecta cocaína a diario.

A partir de una gota de agua -decía el autor-, cabría al lógico establecer la posible existencia de un océano Atlántico o unas cataratas del Niágara, aunque ni de lo uno ni de lo otro hubiese tenido jamás la más mínima noticia. La vida toda es una gran cadena cuya naturaleza se manifiesta a la sola vista de un eslabón aislado. (…) Por ejemplo, cómo apenas divisada una persona cualquiera, resulta hacedero inferir su historia completa, así como su oficio o profesión. Parece un ejercicio pueril, y sin embargo afina la capacidad de observación, descubriendo los puntos más importantes y el modo como encontrarles respuesta. Las uñas de un individuo, las mangas de su chaqueta, sus botas, la rodillera de los pantalones, la callosidad de los dedos pulgar e índice, la expresión facial, los puños de su camisa, todos estos detalles, en fin, son prendas personales por donde claramente se revela la profesión del hombre observado.

Mi novela favorita es la primera, Estudio en escarlata. Narrada por Watson, este describe cuando conoció a Holmes, cómo es la convivencia con él en el 221B Baker Street, las técnicas del detective y su experiencia ayudándolo en el primer caso que resuelven juntos. Texto que luego muestra al propio Sherlock Holmes, cuya opinión de Estudio en escarlata es que es demasiado romántico y sentimental.

Desde hace tiempo tenía curiosidad de leer algo de Arthur Conan Doyle y su brillante personaje. Hace un año me acerqué al libro con cuidado, pensando que quizás sería pesado, famoso en su tiempo, pero quizás con un lenguaje complejo y un ritmo lento o aburrido. Conseguí un libro con las cuatro novelas en inglés, así que me arriesgaba también a no entender ni un carajo del inglés británico del siglo diecinueve, pero luego de las primeras páginas mis temores se convirtieron en interés y en un cariño especial para con el personaje de Sherlock Holmes. Me intrigó la relación de Watson con Holmes, su amistad, la interacción entre ese doctor cansado y sin mayores esperanzas, con aquel detective egocéntrico embebido en su mundo formado por casos criminales, la mayoría de los cuales era capaz de resolver con poquísimas pistas desde el sofá de su casa.

El lenguaje es fluido, y si saben inglés, las palabras que no se entienden, que no son muchas, se pueden sacar por contexto (en la librería Ibero de Larcomar vi los libros en inglés, uno de las cuatro novelas y otro con los relatos). Además, es refrescante poder jugar a dar con el culpable antes que Sherlock, tarea imposible por lo demás porque no somos genios, no somos londinenses del siglo pasado y porque tenemos muy presente la palabra ADN en nuestro vocabulario. Seguirle la pista a alguien sin tanta tecnología es lindo, los casos con personajes de la época interesantes y hasta ahora no he visto como culpable a algún orangután como en Asesinato en la calle Morgue de Edgar Allan Poe que, con su permiso, fue una total sacada de carta debajo de la manga y embuste para mi persona.

Los relatos de Conan Doyle, además, están impregnados del encanto de Holmes, el cual no solo reside en su genio, sino sobre todo en su muy particular filosofía. Entre pista y pista, asesino y asesino, Holmes nos arroja alguna perla sobre tu manera de pensar y enfrentar la vida.

No me llama la atención por ello que una de mis series favoritas sea Dr. House, personaje inspirado en Holmes. Comparten en mi opinión esta cualidad tan atractiva como escasa en las últimas décadas: un amor por la razón. Holmes fue publicado en la época del modernismo, cuando se creía en la razón por sobre todo, la mente era la clave para la solución de los problemas, la historia tenía un sentido, y aquel sentido era el que la mente (eurocéntrica y occidental) le otorgaba. Ahora, algunos dirán que no, pero culturalmente estamos en lo que se podría llamar posmodernismo, donde nadie tiene razón, todo es relativo, la historia no tiene una linealidad sino que es múltiple, diversa y caótica.

En estos tiempos del new age, multiculturalismo, fantasmas, auras, etcétera, mentalidades que se basan en la razón por sobre todo son atractivas y necesarias. ¿Por qué? Porque tienen la fuerza suficiente para decir yo estoy bien, tú estás mal, y es por esta razón (ya sean argumentos científicos, simples prioridades personales u opiniones subjetivas), y porque tienen la autoridad para decirte en tu cara “no, pequeño idiota, el 2012 no va a ser el fin del mundo, anda y haz algo productivo de tu vida”.

Ahora todo está tan sobre todo lo demás que nadie ya se atreve a pensar o decir esto. Ahora la palabra por excelencia es tolerancia, lo cual esconde a veces, una indiferencia frente a todo. Nada está definido porque nadie lo define. Por ello, en medio de este paisaje grisáceo y amorfo, hay algo seductor y tranquilizante en una filosofía como la de Sherlock Holmes, este detective para detectives, con esta manera de enfrentar la vida basada en la lógica, la inducción y la deducción.

Por algo, en ninguno de los libros, Sherlock Holmes jamás dice “Elemental, mi querido Watson”, y creo que jamás dijo eso porque nada en verdad es elemental. Toda respuesta es producto de un entrenamiento mental, de ardua observación.

Una de mis partes favoritas de Estudio en escarlata es cuando Watson se entera que Sherlock Holmes no sabe que los planetas giran alrededor del sol. Watson casi enloquece ante su ignorancia y Holmes le responde:

-Parece usted sorprendido -dijo sonriendo ante mi expresión de asombro-. Ahora que me ha puesto usted al corriente, haré lo posible por olvidarlo.

-¡Olvidarlo!

-Entiéndame -explicó-, considero que el cerebro de cada cual es como una pequeña pieza vacía que vamos amueblando con elementos de nuestra elección. Un necio echa mano de cuanto encuentra a su paso, de modo que el conocimiento que pudiera serle útil, o no encuentra cabida o, en el mejor de los casos, se halla tan revuelto con las demás cosas que resulta difícil dar con él. El operario hábil selecciona con sumo cuidado el contenido de ese vano disponible que es su cabeza. Sólo de herramientas útiles se compondrá su arsenal, pero éstas serán abundantes y estarán en perfecto estado. Constituye un grave error el suponer que las paredes de la pequeña habitación son elásticas o capaces de dilatarse indefinidamente. A partir de cierto punto, cada nuevo dato añadido desplaza necesariamente a otro que ya poseíamos. Resulta por tanto de inestimable importancia vigilar que los hechos inútiles no arrebaten espacio a los útiles.

-¡Sí, pero el sistema solar..! -protesté.

Como termina Estudio en escarlata, Sherlock Holmes y Watson parecen ir por el mundo con una sonrisa entre los dientes, con la seguridad y calma que destilan los que tienen razón y saben que tienen razón, así no tengan razón, mientras los otros son los que se llevan los aplausos.

El pueblo me abuchea, pero yo me aplaudo.

Yo mismo, en casa, al mismo tiempo también examino las riquezas de mis arcas.

***

En la página dedicada a la difusión de contenido libre en Internet, Héroes Locales, publicaron links para la descarga gratuita de este libro, además de wallpapers de Sherlock Holmes. Ñaaa

Lúcido y alucinado

1 Dic

gati

“La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido.”

Jorge Luis Borges

Me resulta imposible decirlo

15 Jun

Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi

Según Lupi

Yo y mi hermano en los columpios

Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi es un libro al cual le tengo un cariño especial. ¿La razón? Por algún insondable motivo, aun siendo mujer y estar en mis veintes, me identifico con Pereira, un señor viudo con problemas cardíacos.

Esta breve novela cuenta la historia de él, Pereira, un periodista tan panzón como cincuentón que, de un día soleado para otro, se ve a sí mismo encargado de la sección cultural del Lisboa, un diario de estela católica y tiraje modesto en la Portugal salazarista de los años treinta.

Para ello se presta de la ayuda del recién graduado Monteiro Rossi, un joven descarado y rebelde, quien más que un apoyo para el Lisboa, resulta siendo un elemento tan perturbador como catalizador para la vida de nuestro héroe. La piedra molesta en el zapato de cuero marrón, viejo y bien amarrado de Pereira, que hace que éste baje la mirada hacia sus pies y repare por fin en el camino que ha venido siguiendo durante tantos años.

Tantos años bajo la dictadura de Salazar, tantas tardes almorzando omelette a las finas hierbas y limonada en el Café Orquídea, tantas noches contándole su día al retrato de su difunta esposa… Siempre Pereira tan apolítico e independiente, pero, por alguna razón, siempre tan creyente en el alma.

En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos, él se puso a pensar en la muerte. ¿Por qué? Eso, a Pereira, le resulta imposible decirlo.

En este breve libro, Tabucchi logra dar vida a un personaje entrañable, cuyo nombre e íntimas obsesiones aparecen a lo largo de la historia de manera musical, cual mantra que se repite en loop. El soplar del viento, el motor de los autos, el sonido de las olas… el ritmo subyacente de la vida de Pereira. Un arrullo que Tabucchi nos presenta a veces como piedras en el camino con las cuales tropezamos una y otra vez, y otras como latidos del corazón que nos permiten seguir existiendo. Las fallas de fábrica que nos definen. La palabra que no conseguimos llenar en nuestro crucigrama.

Tierno y cauto, Pereira se muestra como un ser aparentemente apático, que va por la vida con la misma inercia con la cual un niño colorea un dibujo ajeno sin salirse de las líneas. Quizás por eso me identifico con Pereira, por la tendencia al fracaso que lo inmoviliza, que no es más que el rastro de una fijación con la muerte en todas sus extensiones. Una persona que intuye la palabra faltante en su crucigrama, pero que sabe muy bien que si lo completa, tendrá que tirar el periódico a la basura. ¿Y después qué? Eso, a Pereira, le resulta imposible decirlo.

Y, como él, Pereira, espero darme cuenta de que la vida y la muerte, así como la causa y el efecto, todos son pretextos para dejar salir lo que teníamos siempre dentro pero que nos resultaba imposible decir: un ronroneo tibio que nos susurra que, al fin y al cabo, lo que se opone a la incertidumbre es el compromiso, lo que se opone a la parálisis es la caída, y que finalmente lo que se opone al miedo es el amor.

Ciudades invisibles

9 Dic

Las ciudades y la memoria. 4

Más allá de seis ríos y tres cadenas de montañas surge Zora, ciudad que quien la ha visto una vez no puede olvidarla más. Pero no porque deje, como otras ciudades memorables, una imagen fuera de lo común en los recuerdos. Zora tiene la propiedad de permanecer en la memoria punto por punto, en la sucesión de sus calles, y de las casas a lo largo de las calles, y de las puertas y de las ventanas en las casas, aunque sin mostrar en ellas hermosuras o rarezas particulares. Su secreto es la forma en que la vista se desliza por figuras que se suceden como en una partitura musical donde no se puede cambiar o desplazar ninguna nota. El hombre que sabe de memoria cómo es Zora, en la noche, cuando no puede dormir imagina que camina por sus calles y recuerda el orden en que se suceden el reloj de cobre, el toldo a rayas del peluquero, la fuente de los nueve surtidores, la torre de vidrio del astrónomo, el puesto del vendedor de sandías, el café de la esquina, el atajo que va al puerto. Esta ciudad que no se borra de la mente es como una armazón o una retícula en cuyas casillas cada uno puede disponer las cosas que quiere recordar: nombres de varones ilustres, virtudes, números, clasificaciones vegetales y minerales, fechas de batallas, constelaciones, partes del discurso. Entre cada noción y cada punto del itinerario podrá establecer un nexo de afinidad o de contraste que sirva de llamada instantánea a la memoria. De modo que los hombres más sabios del mundo son aquellos que conocen Zora de memoria.

Pero inútilmente he partido de viaje para visitar la ciudad: obligada a permanecer inmóvil e igual a sí misma para ser recordada mejor, Zora languideció, se deshizo y desapareció. La Tierra la ha olvidado.

CALVINO, Italo. Las ciudades invisibles.

Con los ojos de un ciego

29 Ago

Catedral de Raymond Carver

según Lupi

Hay tantas cosas que no sabemos, cosas que ignoramos, voluntaria o involuntariamente… Tantas cosas que caen en la cajuela trasera del auto a la que llamamos destino a veces, otras casualidad o sinsentido, y que sacamos cuando nos conviene. Tantas pero tantas tantas cosas que nos llenan de incertidumbre, de temor, de esperanza, que nos permiten seguir viviendo o nos empujan hacia abajo como una bola gigante de metal. Tantas esas cosas tantas se encuentran presentes todas en los relatos de Raymond Carver, y aparecen justo cuando terminan todos y cada uno de sus cuentos. Como la clásica luz al final de un túnel que nadie sabe adónde llevará. Un atisbo de revelación de lo que será una autopista, unos rieles quebrados de tren, el brillo de los ojos del amor de nuestra vida, o simplemente el túnel que nos llevará a la muerte, los relatos de Carver nos comunican todo diciendo nada.

“Now let us pray,” I said, and the blind man lowered his head. My wife looked at me, her mouth agape. “Pray the phone won’t ring and the food doesn’t get cold,” I said.

De la misma manera de los libros que me gustan tanto, pero de forma más abrupta, lo obvio y lo desconocido se mezclan en Carver comunicando como ningún otro la mágica y casi milagrosa decadencia en que vivimos. Y utilizo la palabra comunicar, porque Raymond Carver no plasma, ni expresa, ni manifiesta absolutamente nada de la esencia de sus cuentos, sino más bien los comunica en cada detalle seco, cada palabra retenida, cada expresión de sus lacónicos personajes. Unas personas alienadas de su entorno, a veces indiferentes, otras abstraídas, pero que sin embargo logran conmover como nadie tan solo con un gesto o una mirada, a comparación de diálogos dramáticos y situaciones extremas que si nos arrancan alguna lágrima es porque vivimos a través de ellos, más que aprehender su situación y su realidad.

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Clorofila

15 Ago

El barón rampante de Italo Calvino

según Lupi

El barón rampante fue el primer libro que me hizo sentir esa tristeza especial. La tristeza que sientes cuando lees las maravillas vividas en el libro y la comparas implícita e inevitablemente con tu propia vida. Clases tediosas, autobuses tóxicos, ir y venir en una rutina sin sentido, a comparación de una aventura sobre árboles, árboles y más árboles, y sus miles de hojas y hojitas verdes verdes verdes. La aventura de Cosimo Piovasco de Rondò, el (anti)héroe de la villa de Ombrosa, Italia, que el 15 de junio de 1767, a los doce años de edad, decidió alejarse de nosotros, la gente de a pie, e irse a vivir sobre los árboles para siempre.

Fue el 15 de junio de 1767 cuando Cosimo Piovasco di Rondò, mi hermano, se sentó por última vez entre nosotros. (…) Soplaba un viento del mar, recuerdo, y se movían las hojas. Cosimo dijo: – ¡He dicho que no quiero y no quiero! – y rechazó el plato de caracoles. Jamás se había visto desobediencia más grave.

Fue una decisión total e inapelable. Cosimo se negó a comer los pobres caracoles que su hermana Battista, monja doméstica, había cocinado y dispuesto en la mesa tras un infructuoso intento con su hermano por salvarlos de su terrible destino gourmet. Vestido como el pequeño noblecito que era, se levantó de la mesa familiar y corrió hacia los árboles para nunca más bajar de ellos; dejando a su hermano menor en la mesa acatando las empolvadas normas de sus anticuados padres, sintiéndose culpable por haberlo decepcionado, por ser tan cobarde y no poder seguir el arbóreo camino escalado por Cosimo.

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Léeme

11 Abr

Alice’s adventures in Wonderland y Through the Looking-glass and what Alice found there de Lewis Carroll

según Lupi

Cuando me dijeron que debería escribir una reseña sobre uno de mis libros favoritos, lo primero que pensé fue que no lo haría, ya que para mí hay algunas cosas sagradas que se deben respetar como Alicia en el país de las maravillas y a través del espejo. Pensé que hacerlo sería equivalente a analizar la composición y los colores de una fotografía de mi infancia. A escudriñar las rimas de una de mis canciones favoritas. A reproducir un sueño. Es decir, expresar en palabras algo inefable, reduciéndolo en el proceso, destiñendo la impronta que tengo de ese libro alucinante de Charles Lutwidge Dodgson aka Lewis Carroll, el inglés matemático, lógico, sacerdote anglicano, fotógrafo, que nunca imaginó que sus trabajos más recordados serían sus cuentos para niños.

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Desgracia

15 Ene

Desgracia de J. M. Coetzee

Según Lupi

Cuando por primera vez cogí el libro de J. M. Coetzee entre las manos, con la foto en blanco y negro de un perro huesudo dando la espalda y el título solitariamente grande que decía Desgracia, imaginé una novela terrible. Llena de caos, pobreza, muerte y, por lo mismo, me imaginé una novela pesada. Había leído que en el 2003 Coetzee ganó el Premio Nobel, así que seguí el hype de la academia sueca y me dije ‘algo bueno debe tener’. Es así como me puse a leer esta novela con aquel fatal título en pleno verano, con un soleado y feliz cielo azul sobre mi cabeza.

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Las cálidas notas de un canto para vivos

27 Sep

Requiem: una alucinación de Antonio Tabucchi
según Lupi

“Hijo, me dijo la vieja, escucha, así no puedes continuar, tú no puedes vivir en dos lados, el lado de la realidad y el lado del sueño, eso provoca alucinaciones, eres como un sonámbulo que atraviesa un paisaje con los brazos extendidos y todo aquello que tocas pasa a formar parte de tu sueño.” (p. 28)

Llegué a Réquiem: una alucinación por una clase. El profesor, Abelardo Sánchez León, Balo para los menos, macheteador inmisericorde (pero justo) para los más, nos había dado la opción de escoger entre una lista de libros o crónicas para realizar nuestro examen final. Yo escogí Réquiem de Tabucchi o, para ser más exactos, el Réquiem que escribe Tabucchi en homenaje a Portugal, ese país que lo acogió tan cálidamente siendo él italiano, razón por la cual escribió este libro en portugués. (más…)

Manual de homicido para prostitutas y escritores

18 Sep

Putas Asesinas de Roberto Bolaño
según Lupi

(…) y la literatura era un vasto campo minado en donde todos eran mis enemigos, salvo algunos clásicos (y no todos), y yo cada día tenía que pasear por ese campo minado, apoyándome únicamente en los poemas de Arquíloco, y dar un paso en falso hubiera sido fatal. Esto les pasa a todos los escritores jóvenes. Hay un momento en que no tienes nada en que apoyarte, ni amigos, ni mucho menos maestros, ni hay nadie que te tienda la mano, las publicaciones, los premios, las becas, son para los otros, los que han dicho “sí, señor”, repetidas veces, o los que han alabado a los mandarines de la literatura, una horda inacabable cuya única virtud es su sentido policial de la vida, a esos nada se les escapa, nada perdonan. (p. 218)

Un amigo me dijo que a los libros les gusta que los maltraten. Que los ensucien. Que los arruguen. Que doblen sus páginas y escriban sobre ellos. Al oír esto, yo casi lo maltrato a él. Sé que los libros no son los libros. Que, en realidad, éstos no están en ningún lado y a su vez están en todos lados. Pero de ahí a maltratar el rectángulo de hojas en donde se materializan, hay un largo trecho, pensé.

Al terminar de leer Putas asesinas, sin embargo, me di cuenta para mi sorpresa que el libro parecía maltratado. Como cicatrices, como líneas de expresión, la carátula tiene las líneas de los dobleces que sufrió dentro de mi bolso verde. Las esquinas no definidas de tanto guardarlo y sacarlo para leerlo en mis viajes en el micro. Pero el libro no está maltratado. Tampoco fue usado, utilizado o manoseado. El libro me acompañó, como también los personajes en él. Solo que acompañarme en mi bolso trae algunos riesgos.

Cada vez que terminaba de leer uno de los cuentos y miraba por la ventana del microbús, pensaba que las personas que trae consigo Bolaño quizás también sufrieran algún tipo de riesgo. Sus amigos, su generación, la política, las creencias, el desencanto que tiñe los lugares en donde debería existir la estupefacción ante una realidad perdida y la nostalgia de lo que no fue. Los personajes de Bolaño corren el riesgo de ser plasmados tal y como son en el más grisáceo de los días. No en días soleados y optimistas, ni en días negros y apocalípticos, sino en un día cualquiera, ya que todos los días parecen ser grises para ellos. Así como el acontecimiento más alucinante pasa a ser trivial y el acontecimiento más trivial pasa a ser alucinante, todo parece tener sentido si se amolda a los cuadrados pequeños del calendario. Uno tras otro, siempre iguales e infinitos. Como las calles que siempre veo pasar por la ventana del microbús, pensé, o como las hojas del libro que me acompañó durante esos viajes.

Uno nunca termina de leer, aunque los libros se acaben, de la misma manera que uno nunca termina de vivir, aunque la muerte sea un hecho cierto. (p.194)

Mi libro ahora está en manos de una amiga, a quien se lo presté, y apuesto que ahora ella ve su carátula doblada y sus esquinas no bien definidas, y piensa que es ya inútil pretender forrarlo para protegerlo; y lo abre, y lo lee como se lee cualquier libro en el día más grisáceo y alucinante del calendario.

Título original: Putas asesinas
Autor: Roberto Bolaño (1953-2003)
Año de publicación: 2001
225 páginas en Anagrama Compactos 377, segunda edición, 2006