leemos libros porque en casa nunca tuvimos televisor
Si se piensa bien, algo parecido pasa con la alta literatura. Diferentes autores, de muy diferentes libros, nos informan una y otra vez de una visión similar del mundo. La soledad del hombre medio, el extrañamiento ante el mundo, que los lectores sofisticados buscan en grandes libros cuando estos se publican, lo disfrutan también en toda suerte de bodrios con muchos espacios en blanco e hijos que odian a sus padres. Los lectores sofisticados no buscan en la literatura la sofisticación o la exploración en el lenguaje, sino la confirmación de su visión del mundo, de un mundo sin dioses, donde los hombres hablan solos con sus propias sombras.
Gumucio, Rafael. Las dos literaturas. En: Revista de Libros de El Mercurio. Leer completo.
Auster, Paul. The Brooklyn Follies. New York: Picador, 2006. p. 91.
Desgracia de J. M. Coetzee
Según Lupi

Cuando por primera vez cogí el libro de J. M. Coetzee entre las manos, con la foto en blanco y negro de un perro huesudo dando la espalda y el título solitariamente grande que decía Desgracia, imaginé una novela terrible. Llena de caos, pobreza, muerte y, por lo mismo, me imaginé una novela pesada. Había leído que en el 2003 Coetzee ganó el Premio Nobel, así que seguí el hype de la academia sueca y me dije ‘algo bueno debe tener’. Es así como me puse a leer esta novela con aquel fatal título en pleno verano, con un soleado y feliz cielo azul sobre mi cabeza.

Una imagen poderosísima. Son casi las ocho de la noche. Un tipo vestido con un traje lleno de manchas de pintura está encerrado en una cabina telefónica en un barrio de México D.F. Se encuentra mirando hacia el edificio de enfrente, atento a lo que sucede detrás de la ventana del único departamento que tiene la luz encendida. Se queda en silencio por un momento y del otro lado de la línea la voz de una mujer le pregunta cómo está el clima. Las noches de Ámsterdam son hermosas, confiesa el hombre, luminosas. Mientras, afuera de la cabina y en todo el Distrito Federal llueve a raudales. A esa hora, quizás por la lluvia, quedan pocos automóviles circulando. El hombre tiene que cortar la comunicación. Mientras lo hace, piensa en cómo volverá a casa. Luego de colgar, permanece dentro y mientras acaricia el vidrio empañado de la cabina telefónica se pregunta dónde quedará su casa.

Hay en Chile un periódico impredecible y fabuloso bautizado como The Clinic a propósito del lugar en el que estuvo recluido varios años Pinochet en Londres. Una de sus mejores secciones se llamaba “Escribieron en Chile un día” y, en ella, número tras número se reducía a cenizas la obra de muchos escritores populares y, solo algunas y muy justificadas veces, se les reconocía cierto mérito. Pese a que siempre me confesé un lector poco entusiasta de este tipo de críticas -las despiadadas-, la verdad es que me gustaron las columnas que leí. Todas las entregas estaban firmadas por un tal Alejandro Zambra. Recuerdo que esa fue la primera vez que supe de él.

Porque esos paquetitos cuadrados debajo del árbol siempre serán nuestros regalos de navidad preferidos. Así que anda olvidándote de ese libro de Arnie Husaid que alguien te regaló hace tiempo y del que pensabas deshacerte esta navidad. Aquí te damos algunas ideas de qué regalar para querer y ser querido esta navidad.
Según Miki y Lupi
Para tu mamá, que piensa que la literatura solo debe ser alegre: Brooklyn Follies de Paul Auster
Para tu papá, que de seguro leerá y comentará este libro en la oficina: La riqueza y pobreza de las naciones de David Landes o Desgracia de Coetzee
Para la novia que no lee y aún así quieres tanto: Bonsái de Alejandro Zambra
Para la novia que lee, y lee más que tú: Poesía completa de Alejandra Pizarnik
Para el novio que quiere ser periodista: Música para camaleones de Truman Capote
Para el novio que quiso ser futbolista: Dios es redondo de Juan Villoro
Para tu mejor amigo: Alta fidelidad de Nick Hornby o Los detectives salvajes de Roberto Bolaño
Para tu hermano menor que sí ve televisión: El guardian entre el centeno de J. D. Sallinger
Para el sobrinito, porque en el fondo quieres que algún día sea escritor: Al agua, patitos de Isol (si tiene menos de diez años), La isla del tesoro de R. L. Stevenson (si tiene entre diez y quince) o Historias de cronopios y de famas de Julio Cortázar (si tiene entre quince y diecisiete).
Para el amigo secreto, aunque este año tampoco te haya tocado la secretaria piernona de la entrada: La trama celeste de Adolfo Bioy Casares o La sombra del viento de Carlos Ruiz Safón
Para tu amigo trendy, que leerá este libro mientras consume cantidades industriales de Starbucks: Tokyo Blues/Norwegian wood de Haruki Murakami
Para tu amigo intelectual, que le prende velas a Balzac y siempre vota en blanco porque le parece que es un voto súmamente cargado fuerza poética: La inmaculada concepción de Éulard y Breton
Underwood portátil modelo 1915 de Mario Bellatin
según Miki

Soy Mario Bellatin y odio narrar, apareció publicado en un diario hace algún tiempo. El hecho de ser escritor está más allá de una decisión consciente que haya podido ser tomada en un momento determinado, continuaba la nota. No recuerdo exactamente cuándo nació la necesidad de ejercer esta actividad tan absurda, que me obliga a permanecer interminables horas frente a un teclado o delante de las letras impresas de los libros. Y eso, que para muchos podría parecer encomiable y hasta motivo de elogio, para mí no es sino una condición que no tengo más remedio que soportar. (p. 9)
1. No tengo idea de cómo será la literatura en el futuro. Aunque sí creo que señalarle un único rumbo sería tan iluso como ver una página en blanco y no querer escuchar el sonido del viento. Continuar leyendo »
No me esperen en abril de Alfredo Bryce Echenique
según Miki

No le faltaba nada, le enseñaban, le repetían, era un chico con muchísima suerte, pero él sentía que era más lo que le faltaba por conocer, por aprender, por descubrir. Se lo decía su intuición, le dolía su corta y alegre y dolorosa experiencia, la mirada que veía siempre algo más, algo distinto a lo que le estaban enseñando en su casa, en el colegio, en todas partes, en la vida. (p. 29)
Requiem: una alucinación de Antonio Tabucchi
según Lupi

“Hijo, me dijo la vieja, escucha, así no puedes continuar, tú no puedes vivir en dos lados, el lado de la realidad y el lado del sueño, eso provoca alucinaciones, eres como un sonámbulo que atraviesa un paisaje con los brazos extendidos y todo aquello que tocas pasa a formar parte de tu sueño.” (p. 28)
Llegué a Réquiem: una alucinación por una clase. El profesor, Abelardo Sánchez León, Balo para los menos, macheteador inmisericorde (pero justo) para los más, nos había dado la opción de escoger entre una lista de libros o crónicas para realizar nuestro examen final. Yo escogí Réquiem de Tabucchi o, para ser más exactos, el Réquiem que escribe Tabucchi en homenaje a Portugal, ese país que lo acogió tan cálidamente siendo él italiano, razón por la cual escribió este libro en portugués. Continuar leyendo »
La noche del oráculo de Paul Auster.
según Miki

–Así que no sabes lo que nos pasó.
–No llegué a eso. Pero seguro que habríamos encontrado una salida. En los sueños no se muere la gente ¿sabes? Aunque la puerta siguiera cerrada, algo habría pasado para que saliéramos. Así es la cosa. Mientras estés soñando, siempre hay salvación. (p. 147)
Leí La noche del oráculo por primera vez hace dos años, a lo largo de una sola madrugada en la que literalmente devoré la novela. Puedo recordar muy pocos libros que han producido en mí este efecto. Apenas la terminé, cuando ya era de día y mis padres desayunaban en la cocina, dicen que me vieron salir de mi habitación con los ojos hinchados y con el alma en pánico como si acabara de ver un fantasma. La releí una vez más durante los siguientes días y desde entonces el libro ha ido danto vueltas entre mis amigos sin pasar más de una semana entera conmigo. Alguien demasiado pragmático diría que es porque me da pena reclamarlo. Yo creo que es porque en el fondo tengo miedo de que me vuelva a poseer.
En La noche del oráculo hay un escritor que, como tantas veces en la literatura, trata de hallarse a sí mismo mediante el proceso creativo. Él, luego de una enfermedad, se encuentra escribiendo apaciblemente en su apartamento neoyorquino sin saber que en lo próximos días un ligero espacio entre la realidad y la ficción lo arrastrará hacia el borde mismo de la locura, en el medio de un caos matemáticamente exacto. Mujeres, guías telefónicas, centros de rehabilitación para drogadictos, juegos textuales, cuadernos portugueses, pitonisas, notas al pie, Nueva York y sus calles de noche, que confluyen azarosamente en sus más de doscientas páginas. Los personajes de Paul Auster son personas normales y a la vez son gente al borde de algo, son esos vagabundos sin nombre que hemos visto tantas veces caminar por entre los protagonistas de alguna película, subir escaleras, conducir taxis o tomar café. La literatura de Auster está profundamente marcada por el peso de las palabras, tanto de las dichas como de las escritas, de las que vienen del alma y de las que son pura ficción. En La noche del oráculo existe un mundo en el que la realidad es tan solo una excusa para contar una historia (que se parece a muchas pero que es, esencialmente, una sola: la vieja tragedia griega de un hombre solo frente a un indescifrable destino).
Hace un tiempo me enteré que un amigo chileno está viviendo en Nueva York, específicamente en Queens, en donde es uno de tantos sudamericanos ilegales y trabaja como ayudante de cocina en un restaurante tailandés. Con sus veinte años a cuestas, parece estar ajeno de la discusiones políticas sobre el futuro de su situación y prefiere añorar un pronto retorno al sur de Chile. Por el teléfono escucho cómo se emociona al contarme de las tormentas que ya ha visto en Central Park o de las banquitas que hay en las orillas del Río Hudson y que sí, son idénticas a las películas. Acá, me dice, es como si todo fuera una gran película en blanco y negro. Su vida, por lo demás, no es tan asombrosa como llega a sonar. A mí, sin embargo, me gusta imaginármelo perdido entre las calles de Manhattan, como un personaje austeriano, tan lejos del resto, que un buen día decidió ponerse de pie, dejar su país y no volver más. Escarbar en la pregunta sobre si es posible escapar de tu propio destino.
Sidney Orr, el protagonista, se propone terminar su novela a modo de terapia. Aconsejado por otro escritor amigo suyo, retoma un pasaje de El Halcón Maltés en la que el personaje principal, tras salvarse de morir, abandona la ciudad, a su familia, y hasta su identidad, para construirse una nueva vida. Esta vez el personaje de la novela de Orr se muda a Kansas sin nada más que el manuscrito de una novela de los años veinte, curiosamente titulado La noche del oráculo. Pero hasta que Orr termine la novela van a pasar más cosas, cada vez más rápido, en las que terminarla no será tanto una terapia como sí la única forma posible de escapar. Porque en el medio habrá más tramas, más conflictos, mucho más caos. Con un ritmo fluido, escritura meta textual y esos escenarios tan suyos como restaurantes para personas solitarias o librerías olvidadas, Paul Auster nos presenta su radiografía de una sociedad violenta, que no va hacia ninguna parte y cuya única opción es abandonarlo todo.
Nunca he estado en Nueva York, y mi madre –quien sí ha estado– me dice que es un lugar para perderse. Yo pienso en las novelas de Paul Auster, en la última escena de Manhattan en la que el personaje de Woody Allen no logra encontrar un taxi y llega corriendo a encontrarse con Mariel Hemingway, en las casualidades, en toda la poética que puede tener una ciudad invadida por las luces y las sombras, por hombres y mujeres de todas partes del mundo llevando a cuestas su desarraigo. Entonces le creo.
Título original: Oracle Night
Autor: Paul Auster (New Jersey, 1947)
Año de publicación: 2003
País: Estados Unidos 257 páginas en la edición de Panorama de Narrativas Anagrama, 2006