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Cinco años sin Roberto

15 Jul

Ya sabía que escribir era inútil. O que sólo merecía la pena si uno está dispuesto a escribir una obra maestra. La mayor parte de los escritores se equivocan o juegan. Tal vez equivocarse y jugar sea lo mismo, las dos caras de la misma moneda. En realidad nunca dejamos de ser niños, niños monstruosos llenos de pupas y de varices y de tumores y de manchas en la piel, pero niños al fin y al cabo, es decir nunca dejamos de aferrarnos a la vida puesto que somos vida. También se podría decir: somos teatro, somos música. De igual manera, pocos son los escritores que renuncian. Jugamos a creernos inmortales. Nos equivocamos en el juicio de nuestras propias obras y en el juicio siempre impreciso de las obras de los demás. Nos vemos en el Nobel, dicen los escritores, como quien dice: nos vemos en el infierno.

Bolaño, Roberto. 2666. Buenos Aires: Anagrama, 2006.

Cinco libros para celebrar

23 Abr

Hoy es el día mundial del libro, día en el que por una confusión en los calendarios murió Sir William Shakespeare, Miguel de Cervantes y un sujeto que aparece en los libros como Garcilaso de la Vega. Esta fecha, para nosotros, es como el aniversario de un romance que empezó hace ya mucho tiempo pero que todos los días se hace más fuerte. Por culpa de esa fascinación, a manera de un álbum de fotos de todos los libros que de una u otra forma han pasado por nuestras vidas, es que empezamos este blog. Y también por eso, es que hoy compartimos con ustedes cinco momentos memorables de este largo noviazgo.

1. Fernando Pessoa – El libro del desasosiego

Todo se compenetra. La lectura de los clásicos, que no hablan de ocasos, me ha hecho inteligibles muchos ocasos con todos sus colores. Hay una relación entre la competencia sintáctica, por la cual se distingue el valor de los seres, de los sonidos y de las formas, y la capacidad de comprender cuándo el azul cielo es realmente verde y qué porción de amarillo existe en el verde azul del cielo. (…)

Leer es soñar de la mano de otro. Leer mal y por encima es tanto como librarnos de la mano que nos guía. La superficialidad en la erudición es el mejor modo de leer bien y ser profundo

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