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La pasión forense de Lustgarten

12 Ago

Veredictos discutidos de Edgar Lustgarten

según Miki

Edgar Marcus Lustgarten nació en 1907 en Manchester. Estudió en Oxford y durante su vida trabajó como periodista, cronista, abogado, conductor de programas para la televisión y escritor de novelas de misterio. Algunos dicen que, antes que nada, era simplemente un cazador de historias. Sobre su método para escribir, apuntan Borges y Bioy Casares en la introducción que le prepararon a este libro, señaló alguna vez que simplemente no lo tenía: tendía a escribir en cualquier parte, sobre servilletas y hojas dispersas a bordo de autobuses, en bares y también mientras caminaba por la calle. Ese desorden, sin embargo, contradice directamente a la pulcritud de su prosa y su fina estructura. En su temática, su obra oscila brillantemente entre la novela de misterio y la documental, lo que hace que muchos los identifiquen como un olvidado precursor de Truman Capote.

El asesinato premeditado y cuidadosamente urdido no es un juego de salón. Para realizarlo se necesita dureza de corazón, insensibilidad de espíritu, indiferencia ante el sufrimiento y desprecio por la vida humana. Estas condiciones resultan repugnantes en el hombre y contra su propia naturaleza en la mujer. El asesino por cálculo es vil; la asesina por cálculo es una paradoja enigmática.

Veredictos discutidos cuenta los hechos y el proceso judicial involucrado de seis famosos asesinatos ventilados en cortes inglesas y norteamericanas durante las primeras décadas del siglo XX. La excelente y documentadísima descripción de los hechos viene seguida de una genial recreación de la atmósfera del proceso. Detrás, como sutilmente, emerge la idea de la justicia como un ideal demasiado tendencioso. No existe un proceso puro, ajeno al entorno en el que se desenvuelve y a la forma de pensar de quienes participan en él, parece tratarnos de decir Lustgarten. Los fallos judiciales son tan influenciables como el mismo parecer humano y, necesariamente, están plagados de sus mismos demonios.

Nadie sabrá lo que ocurrió aquella tarde de invierno, hace muchos años, en la choza en la que vivía Thorne. ¿Asesinó él intencionalmente a Elsie Cameron, como lo creyeron los jurados, para evitar la inoportuna necesidad del casamiento y quedar libre para cuando él quiso entregarse a su nueva pasión? ¿O hubo una lucha cuando él quiso abandonar la choza, con esta terrible pero impremeditada consecuencia? ¿O -y ésta es la alternativa más tremenda- Thorne no dijo nada más que la verdad? (…)

Cualquiera de estas decisiones habría exigido un corazón de piedra y nervios de acero. Thorne poseía ambas características, como lo había probado en las semanas anteriores a su arresto. Esta veta inhumana en la personalidad del hombre impide la apreciación exacta del valor de las pruebas y hace que sea uno de los más desconcertantes asesinos condenados.

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