Con los ojos de un ciego
29 Ago
Catedral de Raymond Carver
según Lupi
Hay tantas cosas que no sabemos, cosas que ignoramos, voluntaria o involuntariamente… Tantas cosas que caen en la cajuela trasera del auto a la que llamamos destino a veces, otras casualidad o sinsentido, y que sacamos cuando nos conviene. Tantas pero tantas tantas cosas que nos llenan de incertidumbre, de temor, de esperanza, que nos permiten seguir viviendo o nos empujan hacia abajo como una bola gigante de metal. Tantas esas cosas tantas se encuentran presentes todas en los relatos de Raymond Carver, y aparecen justo cuando terminan todos y cada uno de sus cuentos. Como la clásica luz al final de un túnel que nadie sabe adónde llevará. Un atisbo de revelación de lo que será una autopista, unos rieles quebrados de tren, el brillo de los ojos del amor de nuestra vida, o simplemente el túnel que nos llevará a la muerte, los relatos de Carver nos comunican todo diciendo nada.
“Now let us pray,” I said, and the blind man lowered his head. My wife looked at me, her mouth agape. “Pray the phone won’t ring and the food doesn’t get cold,” I said.
De la misma manera de los libros que me gustan tanto, pero de forma más abrupta, lo obvio y lo desconocido se mezclan en Carver comunicando como ningún otro la mágica y casi milagrosa decadencia en que vivimos. Y utilizo la palabra comunicar, porque Raymond Carver no plasma, ni expresa, ni manifiesta absolutamente nada de la esencia de sus cuentos, sino más bien los comunica en cada detalle seco, cada palabra retenida, cada expresión de sus lacónicos personajes. Unas personas alienadas de su entorno, a veces indiferentes, otras abstraídas, pero que sin embargo logran conmover como nadie tan solo con un gesto o una mirada, a comparación de diálogos dramáticos y situaciones extremas que si nos arrancan alguna lágrima es porque vivimos a través de ellos, más que aprehender su situación y su realidad.


